Lima, 22-08-2010 / Año 106 - Nº 5524

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO
Hermanos, hoy la Palabra nos sitúa ante un problema muy interesante: el problema del Reino de Dios. Todos somos llamados a entrar al Reino pero necesitamos poner en práctica nuestra fe y nuestras obras. No basta llamarse cristianos, ni tampoco basta con decir que "soy muy cristiano".
PRIMERA LECTURA: Isaías 66, 18-21
DE TODOS LOS PAISES TRAERAN A TODOS SUS HERMANOS

La primera lectura está tomada del libro de Isaías. Es un cuadro grandioso de la universalidad de la salvación. En los días finales todos por igual tendrán entrada libre al templo del Señor. Aquí se manifiesta la voluntad salvífica de Dios. Hace falta corresponder a esta invitación.
SALMO 116, 1.2
Respondemos: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio"
SEGUNDA LECTURA: Hebreos 12, 5-7.11-13
EL SEÑOR REPRENDE A LOS QUE AMA
La segunda lectura habla de las pruebas que Dios permite que recaigan sobre los cristianos. Dios nos corrige y purifica por el bien de nosotros, la Iglesia. Él es un Padre preocupado y amoroso.
EVANGELIO: Lucas 13, 22-30
VENDRAN DE ORIENTE Y OCCIDENTE Y SE SENTARAN A LA MESA EN EL REINO DE DIOS
El Evangelio nos habla sobre el Reino de Dios y todos los que entran o no entran. El criterio de selección no será el de ser israelita o no, sino la condición grandiosa de hijos verdaderos, junto con las obras de cada uno.
DE LA ALEGRIA NATURAL A LA SOBRENATURAL
Entre la alegría cristiana y la alegría natural existe una correlación de similitud y paralelismo, como nacidas del mismo corazón y como expresión de similares sentimientos afectivos, aunque los móviles y objetivos finales sean fundamentalmente diferentes, y sean también diferentes sus efectos. Pablo VI establece la dependencia e interrelación entre la alegría cristiana y las alegrías naturales cuando dice, en su Carta Apostólica "Gaudete in Domino": "La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales". Ampliando esta manifestación del Papa, podemos afirmar que el ser humano, en la medida en que es sensible a las alegrías de orden natural, lo es también a las propias del orden sobrenatural. Quien no es capaz de conmoverse de emoción ante las bellezas y los gozos que produce la contemplación de las maravillas de naturaleza no puede serlo ante las sobrenaturales. Quien no se detenga admirado ante la belleza de las flores, ¿puede acaso pararse a admirar la belleza de la acción de Dios al crearlas?
DON BOSCO Y EL PAPA
El gran amor y la indefectible fidelidad de Don Bosco al Papa se basan en la fe viva que lo iluminaba acerca de la dignidad y las prerrogativas del Papa, haciéndole ver en él al Vicario de Jesucristo, al Maestro infalible, al Supremo Pastor a quien Jesús confió todas las ovejas de su mística Grey, y a quien el Espíritu Santo asiste y dirige con especialísima providencia en el gobierno de la Iglesia, a fin de que no se equivoque, sino que cumpla fielmente su altísimo oficio. Un día Pío IX preguntó a Don Bosco: "¿Me aman sus jóvenes?" "¿Si os aman, Padre Santo? -respondió Don Bosco-; os llevan en el corazón. Llevan vuestro nombre entrelazado con el de Dios".

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